domingo, 13 de noviembre de 2011

Donde habite el olvido... de Luis Cernuda



Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido



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sábado, 12 de noviembre de 2011

Modesto desahogo de Tomás Segovia



Estoy más triste que un zapato ahogado
estoy más triste que el polvo bajo los petates
estoy más triste que el sudor de los enfermos
estoy triste como un niño de visita
como una puta desmaquillada
como el primer autobús al alba
como los calzoncillos de los notarios
triste triste triste de sonreír como un bobo desde los rincones
de ver tallar las cartas en redondo saltándome siempre a mí
de todo lo que se dicen y se dan y se mordisquean en mis narices
estoy harto de quedarme con el saludo en la boca
de salir bien dibujado entre la muchedumbre
para que me borre siempre el estropajo de su roce
de no estar nunca en foco para ningunos ojos
de tener tan desdentada la mirada
de navegar tras la línea del horizonte
con mis banderitas cómicamente izadas
no puedo más de no ser nunca nadie
de que no me dejen jamás probarme otra careta que la de ninguno
de no irrumpir de no alterar el oleaje
de no curvar jamás un tren de ondas
de no desviar a mis corrales la palabra suelta
de que nunca me caiga a mí la lotería de un vuelco visceral
De no poblar ni el más vago sueño ocioso
De saber que ningún mal pensamiento tendrá ya más mi rostro.
Estoy hasta aquí de la avaricia de los privilegiados
de que quieran para ellos solos toda la juventud
todos los influjos en las cosas del mundo
todo el favoritismo de la puta alegría
toda la iniciativa de renuevo y capricho
de que se apropien sin escrúpulos la plusvalía de calor y encuentros
todo el capital de risa y de coloquio
que repartido con justicia
alcanzaría de sobra para alimentarnos a todos
a todos los hambrientos de carne de comunión
y sedientos de vino de comunión
a todos los que están tristes
como faldones arrugados que les cuelgan a los otros
en fin estoy jibosamente desolado
de haber envejecido sin seguro de vida
sin seguro de nombre
sin cavar mi guarida en el espeso ahorro
de no haber cobrado el billete cuando la vida se asomaba a mirarme
de haber tirado siempre deudas al cesto sin mirarlas
y lo que quiero decir es que estoy a fin de cuentas
terriblemente triste de que no me hayáis perdonado.



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viernes, 11 de noviembre de 2011

La Naranja Mecánica (fragmento) de Anthony Burguess


Todos los días, hermanos míos, pasaban películas parecidas, todas con patadas y tolchocos y el crobo rojo rojo que goteaba de los litsos y los plotos y se derramaba sobre los lentes de la cámara. Los personajes eran casi siempre málchicos sonrientes y smecantes vestidos a la última moda nadsat; o dientudos torturadores japoneses, o nazis brutales que se libraban de las víctimas a tiros y patadas. Y todos los días empeoraban el deseo de querer morir y las náuseas, y los dolores y calambres en la golová y los subos, y esa sed terrible terrible. Hasta que una mañana quise fastidiar a los bastardos ras ras rasreceándome la golová contra la pared, y que los tolchocos me dejaran inconsciente, pero lo único que ocurrió fue que me enfermé al ver que esta clase de violencia era la misma de las películas, y lo único que conseguí fue agotarme, y entonces me dieron la inyección y me llevaron como siempre en el sillón de ruedas.
Y llegó la mañana en que me desperté y tomé el desayuno de huevos, tostadas y jalea, y chai con leche muy caliente, y entonces pensé: -Ya no falta mucho. Debo de estar cerca del final. Sufrí el máximo, y no puedo más. -Y esperé, esperé, hermanos, que la ptitsa enfermera trajese la jeringa, pero no apareció. Y en eso llegó el subveco de chaqueta blanca, y dijo:
-Hoy, viejo amigo, caminarás sobre tus piernas. -¿Caminaré? -pregunté-. ¿Adónde? -Al lugar de siempre -dijo el veco-. Sí, sí, no te asombres tanto. Irás a ver las películas, conmigo por supuesto. Ya no irás más en la silla de ruedas.
-Pero -pregunté- ¿qué hay de esa horrible inyección que me dan todas las mañanas? -Hermanos, la novedad me tenía muy sorprendido, porque ellos habían mostrado mucho interés en meterme la vesche de Ludovico, como la llamaban.- ¿No volverán a inyectarme esa podrida sustancia en la pobre ruca dolorida? ,
-Nunca más -casi smecó el enfermero-. Por los siglos de los siglos, amén. Ahora te las arreglarás solo, muchacho. Irás con tus propios pies a la cámara de los horrores. Pero todavía te atarán y te obligarán a ver. Vamos, pues, mi tigrecito. -Y tuve que ponerme la bata y los tuflos y bajar por el corredor al mesto de las películas.
Pero esta vez, oh hermanos míos, no sólo me sentí muy enfermo sino además muy asombrado. Lo pasaron todo de nuevo: la vieja ultraviolencia y los vecos con las golovás aplastadas y las ptitsas destrozadas y goteando crobo que crichaban pidiendo compasión, y las peleas y porquerías privadas e individuales de costumbre. Después aparecieron los campos de prisioneros y los judíos, y las grisáceas calles extranjeras atestadas de tanques y uniformes y vecos que caían barridos por las balas, que era el lado público del asunto. Y esta vez no había motivo para las náuseas, la sed y los dolores, excepto el hecho de que me obligaran a videar, pues seguían poniéndome los broches en los glasos, y habían asegurado las nogas y el ploto al sillón, pero ya no tenía los cables y demás vesches aplicados al ploto y la golová. De modo que lo que me estaba pasando era culpa de las películas que videaba, ¿no les parece? Excepto, por supuesto, hermanos, que esta vesche de Ludovico fuese como una vacuna, y que ahora me estuviese viajando por el crobo, y en ese caso me enfermaría siempre siempre siempre cada vez que videase una escena de ultraviolencia. Así que abrí la rota y empecé buuu buuuu buuu, y las lágrimas
enturbiaron lo que yo estaba obligado a videar, pues tenía que ir pasando como por una cortina de gotas de rocío plateadas y que corrían y corrían. Pero los brachnos de chaqueta blanca vinieron scorro a limpiarme las lágrimas con unos tastucos, diciendo:

-Bueno, bueno, vean qué chiquillo más llorón. -Y entonces todo reapareció claro ante mis ojos, los alemanes que empujaban a los judíos suplicantes y gimientes, vecos y chinas, y málchicos y débochcas, metiéndolos en los mestos donde los ahogarlan a todos con gas venenoso. Buuu juuu juuu otra vez, y en seguida estaban limpiándome las lágrimas, muy scorro, para que no me perdiera ni una vesche solitaria del espectáculo. Fue un día terrible y horrible, oh hermanos míos y únicos amigos.


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jueves, 10 de noviembre de 2011

Fragmento Trágico de Robert Burns



Diabólico como soy, condenado a la desgracia;
Áspero, terco, irrecuperable villano,
Mi corazón todavía se funde en la miseria;
Y con sinceros e inútiles suspiros veo
A los desamparados niños del abandono:
Con lágrimas indignadas me planto frente al opresor
Regocijándome ante el hombre y su destrucción,
Todo su crimen fue un espíritu indomable.
¡Incluso ustedes, sombras desleales! Vuestra es mi lástima;
Si, para ustedes, donde el bien aparente se piensa como lástima,
Si, para mis pobres, despreciados, abandonados, vagabundos,
El vicio humilde se ha convertido en vuestra ruina.
¡Oh! Pero por mis amigos y la interposición de los cielos
Yo he sido impulsado adelante como tú abandonado,
¡Yo, el más detestado, el más infeliz entre vosotros!
¡Oh, Dios impiadoso! Tu bondad injusta me dio talento,
Y has sido cruel con mis compañeros de barro,
De quienes yo también he abusado.
Si supero a todos los villanos que me precedieron
Sólo ha sido por tus dones caprichosos, ciegos



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miércoles, 9 de noviembre de 2011

La madre del Odio de Jon Barrena y Amadeo Rojo

                
                       
         La madre del odio se siente enojada    
        en años salvajes cobija sus alas        
Los dioses se olvidan frustrados
          pasaron los años de ser sus soldados.     
                              
              Sin duda la sangre se hiela en el viento         
                            Violentan ajados recuerdos                            
                        Retumban los ecos sin melodía                      
                 De un requiem por alguien con vida               
    
Cuidado que dicen que vuela bajo
Que ya despertó de su corto letargo
Del águila dicen que es carroñera
Que abriga sus garras, tras las banderas

Sin duda el aire me huele a locura,
A sombras con armadura
No llores pequeña de ojos oscuros
Aunque hablen de tu piel como de otro mundo

Recitan juglares canciones prohibidas
Si callan sus versos les roban la vida
Partieron furtivos buscando senderos
Cantando la letra del himno del cielo

Sin duda las olas inundan llanuras
Caronte nos busca entre brumas
Renuncia mi reina de ojos oscuros
A esconder tus palabras detrás del murmullo


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martes, 8 de noviembre de 2011

El guardián entre el centeno (fragmento) de J.D.Salinger



Al final me senté en un banco en un sitio donde no estaba tan oscuro. ¡Jo!  Seguía tiritando como un imbécil y, a pesar de la gorra de caza, tenía el pelo  lleno de trozos de hielo. Aquello me preocupó. Probablemente cogería una  pulmonía y me moriría. Empecé a imaginarme muerto y a todos los millones  de cretinos que acudirían a mi entierro. Vendrían mi abuelo, el que vive en  Detroit y va leyendo en voz alta los nombres de todas las calles cuando vas  con él en el autobús, y mis tías —tengo como cincuenta—, y los idiotas de mis primos. Cuando murió Allie vinieron todos y había que ver qué hatajo  de imbéciles eran. Según me contó D.B., una de mis tías, la que tiene una halitosis que tira de espaldas, se pasó todo el tiempo diciendo que daba gusto la paz que respiraba el cuerpo de Allie. Yo no fui. Estaba en el hospital por eso que les conté de lo que me había hecho en la mano. Pero, volviendo a lo del parque, me pasé un buen rato sentado en aquel banco preocupado por los trocitos de hielo y pensando que iba a morirme. Lo sentía muchísimo por mis padres, sobre todo por mi madre, que aún no se ha recuperado de la muerte de Allie. Me la imaginé sin saber qué hacer con mi ropa, y mi equipo de deporte, y todas mis cosas. Lo único que me consolaba
es que no dejarían a Phoebe venir a mi entierro porque aún era una cría. Esa fue la única cosa que me animó. Después me los imaginé metiéndome en una tumba horrible con mi nombre escrito en la lápida y todo. Me dejarían allí rodeado de muertos. ¡Jo! ¡Buena te la hacen cuando te mueres! Espero que cuando me llegue el momento, alguien tendrá el sentido suficiente como para tirarme al río o algo así. Cualquier cosa menos que me dejen en un cementerio. Eso de que vengan todos los domingos a ponerte ramos de flores en el estómago y todas esas puñetas... ¿Quién necesita flores cuando ya se ha muerto? Nadie. Cuando hace buen tiempo, mis padres suelen ir a dejar flores en la tumba de Allie. Yo fui con ellos unas cuantas veces pero después no quise volver más. No me gusta verle en el cementerio rodeado de muertos y de losas.
Cuando hace sol aún lo aguanto, pero dos veces empezó a llover mientras estábamos allí. Fue horrible. El agua empezó a caer sobre su tumba empapando la hierba que tiene sobre el estómago. Llovía muchísimo y la gente que había en el cementerio empezó a correr hacia los coches. Aquello fue lo que más me reventó. Todos podían meterse en su automóvil, y poner la radio, y después irse a cenar a un restaurante menos Allie. No pude soportarlo. Ya sé que lo que está en el cementerio es sólo su cuerpo y que su espíritu está en el Cielo y todo eso, pero no pude aguantarlo. Daría cualquier cosa porque no estuviera allí. Claro, ustedes no le conocían. Si le hubieran conocido entenderían lo que quiero decir. Cuando hace sol puede pasar, pero el sol no sale más que cuando le da la gana. Al cabo de un rato, para dejar de pensar en pulmonías y cosas de esas, saqué el dinero que me quedaba y me puse a contarlo a la poca luz que daba
la farola. No me quedaban más que tres billetes de un dólar, cinco monedas de veinticinco centavos, y una de cinco. ¡Jo! Desde que había salido de Pencey había gastado una verdadera fortuna. Me acerqué al lago y tiré las monedas en la parte que no estaba helada. No sé por qué lo hice. Supongo que para dejar de pensar en que me iba a morir. Pero no me sirvió de nada


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lunes, 7 de noviembre de 2011

Más Serrín de Amadeo Rojo



Altas horas, barra fija, vaya cola en los lavabos
Camarero más serrín, Serafín ten más cuidado.
Arañazos de carmín, y betún en los zapatos
Clavo mis ojos en ti, tu miras para otro lado

Cuesta abajo, más deprisa, este bar ya está cerrado,
echa mucho más serrín, Serafín te la  has ganado
yo sólo pienso en dormir, tu me pides otro trago
la ginebra es para ti, para mi las 3 y cuarto

Altas horas, barra fija, cada gato con su gata
Echa un poco de serrín, esta noche estas de malas
No me vuelvas a decir, que este whisky es de garrafa
Si no has terminado ya, pues trabajo para casa

Por las noches, las goteras llenan las copas de los pobres. Por las noches, el suelo es un colchón que pierde las plumas, el taburete es un diván y el camarero....

Echa mucho más serrín, ya no hay nadie en el lavabo,
Serafín saca un billete, aún se puede salvar algo
La propina es para mi, los besos, para otros labios
El dilema de vivir, es morir a cada rato

Cuesta abajo, más deprisa, este bar ya está cerrado,
echa mucho más serrín, Serafín te la  has ganado
yo sólo pienso en dormir, tu me pides otro trago
la ginebra es para ti, para mi las 3 y cuarto

Por la noche, si tienes suerte, amanece más temprano y aún te queda suelto para un taxi. Por la noche, cuando te vas por donde has venido, siempre hay algún camarero que...

Echa un poco de serrín, ay que ver, qué habrá cenado
Serafín saca un billete, aún se puede salvar algo
yo sólo pienso en dormir, tu me pides otro trago
la ginebra es para ti, para mi las 6 y cuarto


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domingo, 6 de noviembre de 2011

Garrote Vil de Ramón del Valle Inclán



¡Tan ! ¡Tan! ¡Tan! Canta el martillo,
el garrote alzando están,
canta en el campo un cuclillo,
y las estrellas se van
al compás del estribillo
con que repica el martillo:
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!

El patíbulo destaca
trágico, nocturno y gris;
la ronda de la petaca
sigue a la ronda de anís,
pica tabaco la faca
y el patíbulo destaca
sobre el alba flor de lis.
Áspera copla remota
que rasguea un guitarrón
se escucha. Grito de jota
del morapio peleón.
El cabileño patriota
canta la canción remota
de las glorias de Aragón.
Apicarada pelambre
al pie del garrote vil
se solaza muerta de hambre.
Da vayas al alguacil
y, con un rumor de enjambre,
acoge hostil la pelambre
a la hostil Guardia Civil.
Un gitano vende churros
al socaire de un corral,
asoman flautistas burros
las orejas al bardal
y en el corro de baturros,
el gitano de los churros
beatifica al criminal.
El reo espera en capilla,
reza un clérigo en latín,
llora una vela amarilla
y el sentenciado da fin
a la amarilla tortilla
de yerbas. Fue a la capilla
la cena del cafetín.
Canta en la plaza el martillo,
el verdugo gana el pan,
un paño enluta el banquillo.
Como el paño es catalán
se está volviendo amarillo
al son que canta el martillo:
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!



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sábado, 5 de noviembre de 2011

Reyerta de Federico García Lorca


           a Rafael Méndez

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
Una dura luz de naipe
recorta en el agrio verde
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres.
El toro de la reyerta
su sube por la paredes.
Angeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Angeles con grandes alas
de navajas de Albacete.
Juan Antonio el de Montilla
rueda muerto la pendiente
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las sienes.
Ahora monta cruz de fuego,
carretera de la muerte.
El juez con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
Señores guardias civiles:
aquí pasó lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses
La tarde loca de higueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los muslos
heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Angeles de largas trenzas
y corazones de aceite

viernes, 4 de noviembre de 2011

Frente al mar de Alfonsina Storni



Oh mar, enorme mar, corazón fiero
De ritmo desigual, corazón malo,
Yo soy más blanda que ese pobre palo
Que se pudre en tus ondas prisionero.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
Yo me pasé la vida perdonando,
Porque entendía, mar, yo me fui dando:
"Piedad, piedad para el que más ofenda".

Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
Me falta el aire y donde falta quedo,
Quisiera no entender, pero no puedo:
Es la vulgaridad que me envenena.

Me empobrecí porque entender abruma,
Me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
Allá en las tardes que la vida mía
Bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
Todo dolor me vence, todo sueño;
Mar, dame, dame el inefable empeño
De tornarme soberbia, inalcanzable.

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

Y el alma mía es como el mar, es eso,
Ah, la ciudad la pudre y equivoca
Pequeña vida que dolor provoca,
¡Que pueda libertarme de su peso!

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
Debió ser una arteria incontenible
Y apenas es cicatriz que siempre duele
.



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jueves, 3 de noviembre de 2011

El Padrino (fragmento) de Mario Puzo



– Actuaron ustedes como unos completos degenerados –dijo el juez,
severamente.
Eso, eso, pensó Amerigo Bonasera. Animales. Animales. Los dos jóvenes, con el cabello bien cortado y peinado, y el rostro claro y limpio, eran la viva imagen de la contrición. Al oír las palabras del juez, bajaron humildemente la cabeza.
– Actuaron ustedes como bestias salvajes –prosiguió el juez–; y menos mal que no agredieron sexualmente a aquella pobre chica, pues ello les hubiera costado una pena de veinte años.
El representante de la justicia hizo una pausa. Sus ojos, enmarcados por unas cejas sumamente pobladas, miraron disimuladamente al pálido Amerigo Bonasera, para luego detenerse en un montón de documentos relacionados con el caso que tenía delante. Frunció el ceño, como si lo que iba a decir a continuación estuviera en desacuerdo con su punto de vista.
– Pero teniendo en cuenta su edad, su limpio historial, la buena reputación de sus familias... y porque la ley, en su majestad, no busca venganzas de tipo alguno, les condeno a tres años de prisión. La sentencia queda en suspenso.

Gracias a que llevaba cuarenta años en contacto más o menos directo con el dolor, pues era propietario de una funeraria, el rostro de Amerigo Bonasera no dejó traslucir en absoluto la decepción y el inmenso odio que le embargaban. Su joven y bella hija estaba todavía en el hospital, reponiéndose de su mandíbula rota ¿y aquellos dos bestias iban a quedar en libertad? ¡Todo había sido una farsa! Miró a los felices padres, que en ese momento rodeaban a sus queridos hijos, y pensó que eran plenamente dichosos; no cabía la menor
duda, sus sonrisas así lo indicaban. Por la garganta de Bonasera subió una hiel negra y amarga, que le llegó a los labios a través de los dientes fuertemente apretados. Se limpió la boca con el blanco pañuelo que llevaba en el bolsillo. En aquel preciso instante los dos jóvenes pasaron junto a él, sonrientes y confiados, sin dignarse a dirigirle una mirada. Bonasera no dijo nada; se limitó a apretar el pañuelo contra sus labios. Los padres de los bestias iban detrás. Tanto ellos como ellas tenían más o menos su edad; pero vestían de forma más americana. Le miraron a hurtadillas. La vergüenza se reflejaba en sus caras, aunque en sus ojos brillaba una luz triunfante. Entonces Bonasera perdió el control.
– ¡Os prometo que lloraréis como yo he llorado! –gritó amargamente–. ¡Os haré llorar como vuestros hijos me hacen llorar a mí! –había llevado el pañuelo hasta sus ojos.
Los abogados defensores, con la mano en el brazo de sus defendidos, indicaron a éstos que siguieran pasillo 
adelante, pues los dos jóvenes habían retrocedido unos pasos, como si quisieran proteger a sus padres, aunque ya un gigantesco alguacil corría para cerrar el paso a Bonasera. Pese a todo, no era necesario.

Durante los años que llevaba en América, Amerigo Bonasera había confiado en  la ley, y no había tenido problemas. En ese momento, a pesar de que en su cerebro hervía el odio, a pesar de sus inmensos deseos de comprar un arma y matar a los dos jóvenes, Bonasera se volvió hacia su mujer, que todavía no se había dado cuenta de la farsa que se había desarrollado ante sus ojos.
– Nos han puesto en ridículo –le dijo.
Guardó silencio y luego, con voz firme, sin temor alguno al precio que pudieran exigirle, añadió:
– Si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone.


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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Todos contra el doctor de Juan Manuel Moreno Vera



Aunque algunos hacedores de canciones
Concurran alguna vez en denuncias sociales
Son personajes fantásticos que en el fondo cantan
Por la pretensión de un dolor que se les adelanta
O por una simple intervención de la garganta

En mi caso, el beneficio  resulta escaso
De ser el lastimero cantante de mi epitafio
Y sin embargo canto:
Desde que no voy al Doctor 
Todo tiene más encanto

No hace demasiado me creía un hombre sano,
Y lo decía  en vano : “la vida es ir pasando”
Desde que decidí tomar decisiones desacomplejadas
Desde que seriamente escupí el primer sarcasmo
No he podido matizar entre el éxito y el fracaso

Entonces los hombres se me acercaron
Por si de mi los bañase el rocío
Tibio y alado de mis palabras
Mientras yo, al hablar sentía, con alivio,
Huirme  el vaho que me fortalecía*.

Ahora, examino el dolor, salgo de casa
Inspiro una canción y todo es tan normal
Que aunque al completarme tenga dudas
Cada vez que paro a contemplarte
Sufro menos si pasas de largo y no saludas

Y así me las voy dando de listillo fracasado
Resulta el beneficio cierto, pero escaso
Que no me oiga  mi Doctor, 
Y así vamos pasando -Muy mal os veo a todos-
Por aquí nos hemos quedado

Respirando, respirando
Creo que sigo respirando…

* Estrofa del poema "Oració de l’angúnia poètica" de Carles Riba.
Adjuntamos original en catalán.


ORACIÓ DE L'ANGÚNIA POÈTICA

Senyor que heu alenat dins el meu fang:
ara la meva jovenesa
és com una aigua mesa al forn,
que penetra l'alè subtil del foc,
i bull, i escampa al seu voltant
una amorosa suavitat
que fa de bon estar-hi prop.
Senyor, dins de mi heu posat
la presència viva d'una dona
com l'aigua bombollant dins una argila nova:
dintre meu per primera vegada s'és obrat
el miracle de la paraula que consola:
i els homes se m'atansen
per si de mi els banyés el rou
tebi i alat de la paraula.
Senyor, perquè haveu cridat tan fort
dins aquest fang meu trencadís?
O ens heu posat aquest daler dintre del cor
perquè ens hi turmentem, així
com és el meu turment, que en parlar sento estort
escapar-se'm el baf que m'enfortís
-la presència d'ella vehement-
en un anguniós deslliurament
com deu sé el de l'anima per la mort?
Si sé que el meu fang buit no duraria al foc!
Heu arranjat talment el rompre's dels meus dies?
O és per vessar-m'hi encara nova cosa millor?
Què, si no sou ja Vós, Senyor?


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martes, 1 de noviembre de 2011

Conxuro da queimada de Mariano Marcos Abalo



Mouchos, coruxas, sapos e bruxas.
Demos, trasgos e diaños, espíritos das nevoadas veigas.
Corvos, pintigas e meigas, feitizos das menciñeiras.
Podres cañotas furadas, fogar dos vermes e alimañas.
Lume das Santas Compañas, mal de ollo, negros meigallos, cheiro dos mortos, tronos e raios.
Oubeo do can, pregón da morte, fociño do sátiro e pé do coello.
Pecadora lingua da mala muller casada cun home vello.
Averno de Satán e Belcebú, lume dos cadáveres ardentes, corpos mutilados dos indecentes, peidos dos infernais cus, ruxido da mar embravecida.
Barriga inútil da muller solteira, falar dos gatos que andan á xaneira, guedella porca da cabra mal parida.
Con este cullerón levantarei as chamas deste lume que asemella ao do inferno, e fuxirán as bruxas a cabalo das súas escobas, índose bañar na praia das areas gordas.
¡Oíde, oíde! os ruxidos que dan as que non poden deixar de queimarse no augardente,
quedando así purificadas.
E cando esta queimada baixe polas nosas gorxas, quedaremos libres dos males da nosa alma
 e de todo embruxamento.
Forzas do ar, terra, mar e lume, a vos fago esta chamada: si e verdade que tendes mais poder que a humana xente, aquí e agora, facede cos espíritos dos amigos que estan fora,
participen con nos desta queimada.


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lunes, 31 de octubre de 2011

El bosque animado (fragmento) de Wenceslao Fernández Flórez


Por entre los robles y castaños, siguiendo las sinuosidades de una vereda casi cubierta por los tojos, vio avanzar un fantasma.Era un fantasma enteramente igual a cualquier otro fantasma aldeano. Venía envuelto en una blanca sábana,traía una luz sobre la cabeza y arrastraba unas cadenas que chirriaban al rozar con los pedruscos del camino. Xan de Malvís se había disfrazado demasiadas veces de espectro en sus aventuras amorosas para no comprender que aquella era auténticamente un alma en pena. Tan asustado quedó que ni habla tuvo para conjurar la aparición inesperada.Corrió hacia su cueva, arañándose en las zarzas, y no concilió el sueño hasta el amanecer.
Dos noches después casi tropezó con el mismo fantasma,junto a las rocas cubiertas de musgo que amparaban su guarida.
-¡Jesús,María,José!- exclamó entonces,santiguándose-.¿Quién eres y qué quieres de mí?
Y el fantasma habló con la voz afligida, un poco en falsete,de todos los fantasmas:
-Soy el ánima de Fiz de Cotobelo, el de Cecebre,que anda penando por estos caminos.
-¿Quieres unas misas?-preguntó resueltamente Fendetestas,como si las llevase él en el bolsillo.
- Nunca vienen mal- parece que respondió el fantasma-. Pero si me ves así es porque hice en vida la promesa de ir a San Andrés de Teixido. Y no la cumplí, y ahora necesito que un cristiano vaya descalzo y peregrinando en mi lugar, y que una vela tan alta como yo he sido.
Xan de Malvís se rascó la cabeza donde, si algunos pelos se habían tranquilizado,otros seguían erizados aún.Balbució: -Pues…, yo bien iría…, pero, la verdad, no me conviene mucho ni creo que me dejasen llegar muy lejos.
El espectro lanzó un largo gemido que hizo que volviesen a poner de punta aquellos pelos ya sosegados de Malvís, y siguió arrastrando cadenas.
-Rezaré por ti- ofreció Fendetestas.
Desde entonces el bandido pudo saber perfectamente cuándo eran las doce en punto de la noche. Sólo con asomarse a su cueva veía pasar la aparición, gimiendo y ululando, y aun sin asomarse, oía el ruido de las cadenas. Como lo habitual pierde emoción, y Malvís era un hombre valiente, concluyó por familiarizarse con la presencia del fantasma. Muchas noches, sintiendo exacerbada en su soledad el ansia de echar un párrafo con alguien, esperaba, sentado en las piedras musgosas, al espíritu de Fiz de Cotobelo y le instaba a detenerse.
-¿Qué prisas llevas?-le preguntaba.
Y después:
-¿Cómo marcha el asunto?
Entonces ambos conferenciaban gravemente.Fiz Cotobelo se dolía de que todos escapasen aterrados, sin pararse a escuchar lo que tenía que decirles, y de la enorme cantidad de agua bendita que le arrojaban en la aldea y que le hacía andar siempre con la sábana terriblemente húmeda.Malvís hablaba de sus pequeños negocios del día y, sobre todo, de su proyecto de asalto a la casa del cura.A veces el fantasma se interesaba en la vida del bandolero.
-¿Lo pasas bien?- inquiría.
Y Fendetestas escupía en el suelo, elevaba un poco sus hombros fornidos y contestaba:
-Es peor arar, Cotoveliño; te lo digo yo:es peor arar.Lo malo está en que no puedo salir de aquí a comprar tabaco. Si hubiese tabaco en la fraga, no me cambiaba por el maestro de escuela. Palabra. Pero cuando no puedo fumar… Muchos días estuve tentado, sólo por eso, a volver a ser un hombre decente.



El Bosque Animado de Amadeo Rojo (letra basada en la película de J.L.Cuerda)

Saca la navaja Malvís en los cruces de camino
Y se le cruza la noche, si se le termina el vino
Dibuja un círculo en la tierra, Santa Compaña a la vista
Malvís el rey del bosque, Fendetestas el artista
Malvís sentado en una piedra, de charla con fantasmas
A ver si del bosque marchas, que me espantas a la caza
Estos tiempos son muy duros para bosques encantados
Los niños mueren de niños, y las meigas no hacen tratos

El fin del mundo ya está cerca, a unas horas caminando
Y el hombre que es confiado,deja al perro a su cuidado

Ya no cantan en la fraga, los castaños ni los robles
Y prepara el pueblo pardo, su venganza contra el hombre
Hoy el bosque está animado marchan de caza los gatos
Y se lleva el pescador una lata y un zapato

El fin del mundo ya está cerca, a unas horas caminando
Y Malvís el Fendetestas, se encenderá otro cigarro
Hoy el bosque está animado,
lo han venido a visitar gentes de la capital  

Hay quien buscará en el tren la salida de esta vida
Pero pronto ha de volver, pues más allá no hay  salida
Hoy el bosque está animado,
lo han venido a visitar almas en peregrinar
Hay quien buscará en el tren la salida de esta vida
Pero pronto ha de volver, pues más allá ya no hay vida

 

 

domingo, 30 de octubre de 2011

Viaje de Tristan Tzara



Derrúmbate casa tardía
sobre la tumba de una muchacha;
por el humo lentamente deshilachado
por el cielo manchado y por las gallinas presurosas,
la lluvia nos envía señales
quisieras encontrar pobres con canas para darles limosna

Tus ojos son demasiado grandes, tus labios están fríos
Preguntas raras veces al espejo si eres de su agrado
Aquí hay cuatro hombres decididos a irse
hacia cuatro lugares desconocidos

En el camino hay plantaciones de amapolas, hay chopos por relámpagos
Hay puentes echados sobre ríos imperiales
sobre arena amarilla como el azufre donde no crecen
ni las malas hierbas en las faldas de las montañas hay aldeas nuevas y limpias
con aves en el corral, con frutas en los jardines
con campanarios, molinos de viento, patios de terratenientes
al borde de la tierra las colinas están rotas
hay trilladoras y graneros con cereales

En la pequeña estación donde bajaremos nosotros solos
nos está esperando el viejo cochero
me preguntarás por aldeas y ventas en el camino
por cosas a las que no te contestaré porque no lo sé

Viviremos en una casa con tejado de junco
en el que anidan las cigüeñas
recibiremos huéspedes, visitaremos al alcalde, la escuela
haremos colección con los insectos del cielo
En nuestro bosque hay osos, ardillas, ciervos.
La casa del guardabosques está vacía
desde ahí veremos toda la aldea
y esperaremos el correo de Dumbraveni.

Estoy viajando, sin fin,  en este tren con una enferma de nervios
como no se salva uno de la profundidad de las ciénagas y de las malas hierbas



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sábado, 29 de octubre de 2011

Como Leales Vasallos de Rafael Alberti



Hincado, así
y en los dientes,
el corazón, y en los labios,
contra tu tierra con sangre,
todo su sabor amargo.
Dolor a muerto en la lengua,
sabor a desenterrado,
gusto a puñal por la espalda,
sabor a crimen, a mano
Con gusto a sombra en la sombra,
sabor a toro engañado,
gusto a león exprimido,
Sabor a sueño
Sabor a llanto,
Gusto a sólo vientre hueco,
A hombre arrancado de cuajo,
Sabor a mar a triste, a triste
Árbol sin sabor árbol.
Amarga ha de ser la vuelta,
Pero sin sabor amargo.


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viernes, 28 de octubre de 2011

Aunque tu no lo sepas de Luis García Montero



Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.

Aunque tú no lo sepas, te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por sorpresa.

Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas



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jueves, 27 de octubre de 2011

Los Santos Inocentes (fragmento) de Miguel Delibes



Aviva, Azarías, coño, repetía, pero el Azarías tranquilo, apiló los trebejos junto al Land Rover, depositó la jaula de los palomos ciegos al pie del árbol y trepó tronco arriba, el hacha y la soga a la cintura, y una vez en el primer camal, se inclinó hacia abajo,hacia el señorito Iván, ¿me alarga la jaula, señorito? y el señorito Iván alzó el brazo, con la jaula de los palomos en la mano, y, simultáneamente, levantó la cabeza y, al hacerlo, el Azarías le echó al cuello la soga con el nudo corredizo, a manera de corbata, y tiró del otro extremo, ajustándola, y el señorito Iván, para evitar soltar la jaula v lastimar a los palomos, trató de zafarse de la cuerda con la mano izquierda, porque aún no comprendía, ¿pero qué demonios pretendes, Azarias? ¿es que no has visto la nube de zuritas sobre los encinares del Pollo, cacho maricón? y así que el Azarías pasó el cabo de la soga por el camal de encima de su cabeza y tiró de él con todas sus fuerzas, gruñendo y babeando, el señorito Iván perdió pie, se sintió repentinamente izado, soltó la jaula de los palomos y
en ese instante, un apretado bando de zuritas batió el aire rasando la copa de la encina en que se ocultaba.

¡Dios!... estás loco... tu, dijo ronca, entrecorradamente, de tal modo que apenas si se le oyó y, en cambio, fue claramente perceptible el áspero estertor que le siguió como un prolongado ronquido y, casi inmediatamente, el señorito Iván sacó la lengua, una lengua larga, gruesa y cárdena, pero el Azarías ni le miraba, tan sólo sostenía la cuerda, cuyo cabo amarró ahora al camal en que se sentaba y se frotó una mano
con otra y sus labios esbozaron una bobalicona sonrisa, pero todavía el señorito Iván, o las piernas del señorito Iván, experimentaron unas convulsiones extrañas, unos espasmos electrizados, como si se arrancaran a bailar por su cuenta y su cuerpo penduleó un rato en el vacío hasta que, al cabo, quedó inmóvil, la barbilla en lo alto del pecho, los ojos desorbitados, los brazos desmayados a lo largo del cuerpo, mientras Azarías, arriba, mascaba salivilla y reía bobamente al cielo, a la nada, milana bonita, milana bonita, repetía mecánicamente.

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miércoles, 26 de octubre de 2011

Fin de siglo de José Emilio Pacheco



«La sangre derramada clama venganza».
Y la venganza no puede engendrar
sino más sangre derramada
           ¿Quién soy:
el guarda de mi hermano o aquel
           a quien adiestraron
para aceptar la muerte de los demás,
           no la propia muerte?
¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
            No quiero nada para mí:
            sólo anhelo
            lo posible imposible:
            un mundo sin víctimas.

Cómo lograrlo no está en mi poder;
escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento
de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo
con el cuenco trémulo de la mano
Mientras escribo llega el crepúsculo
cerca de mí los gritos que no han cesado
            no me dejan cerrar los ojos



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martes, 25 de octubre de 2011

Negra Sombra de Rosalía de Castro



Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mi misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.



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