sábado, 18 de febrero de 2012

Vera (fragmento) Auguste Villiers de L'Isle-Adam



Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después, enderezándose miró en torno suyo. En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea. La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un «supersticioso» amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara.



Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón hacerlo sonar. Apareció un servidor. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido.

–Raymond –dijo tranquilamente el conde–, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo. Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie.

El mayordomo temblaba y le miraba con atención. El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines. El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto. Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer...? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una noche?

–Mañana, mañana... ¡Ay de mí! Pero, ¿quién sabe...? ¡Quizá! Después de todo es un proyecto sagrado... ¿Con qué derecho me dedico a reflexionar sobre ello?

Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia. Se trataba de crear un terrible espejismo. El embarazo de los primeros días se borró súbitamente. Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. El se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba.

Tenía miedo, un miedo indeciso, suave... D'Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la «Ilusión» sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón. Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D'Athol vivía doblemente iluminado.

Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientos «femeninos» que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. ¡Era una negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, D'Athol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera.

–¡Chiquilla! –murmuró él sonriente.
Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada. El día de su «cumpleaños» colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera.
–Puesto que ella se cree muerta... –murmuró él.

Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D'Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal modo que resultaba todo de lo más «natural»!

Había transcurrido un año.
En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un cuento florentino, «Callimaque» cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:

–«Douschka», ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo de Cuatro Torres...? Estas historias te lo han recordado, ¿no es verdad?

Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve. Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto a encender en el relicario...? Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de ojos cerrados de la Madona. Y esas flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de colocarlas?

La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre. Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año. Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba por volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor.

Su presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí. Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta, allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había temblado en la tumba, completamente sola, mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también deseaba volver con él! Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo; pero la muerte y los cielos, y la vida, ¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la «amaban» en su oscura simpatía, la inmensa y absoluta «necesidad» de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR!

¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos...!
El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría. En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡«Ella debía estar allí, en la habitación»! El estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. «Y como no faltaba más que la misma Vera», tangible, exterior, «era preciso que ella se encontrase allí» y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por un momento sus puertas infinitas.

El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella. Un fresco estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.

–¡Roger...! –exclamó con voz lejana.
El se le acercó. Sus labios se unieron en una alegría divina, extasiada, inmortal. Y entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un «solo ser» Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo. De repente, el conde D'Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.

–¡Ah! Ahora recuerdo... ¿Qué es lo que me sucede...? ¡Pero si tú estás muerta!

En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las velas vacilaron y se apagaron, dejando humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad. La «certeza» de todos los objetos se esfumó de golpe. El ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y esfumándose entre los brazos desesperados, que en vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y se perdió.

El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos. Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo, asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.

–¡Oh! –gimió él–. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido...! ¡Otra vez vuelve a estar sola...! ¿Cuál es ahora la ruta para llegar hasta ti..? ¡Indícame el camino que puede conducirme hasta ti!

De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la negra piel con un ruido metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó... El abandonado se inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocer aquel objeto.

¡Era la llave de la tumba!


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viernes, 17 de febrero de 2012

Si de Rudyard Kipling

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.



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jueves, 16 de febrero de 2012

Los sollozos de Marceline Desbordes-Valmore

¡El infierno está aquí! El otro no me asusta.
Empero, el purgatorio mi corazón disgusta.

De él me han hablado mucho y su nombre funesto
en mi corazón débil ha encontrado su puesto.

Cuando la ola de días va agostando mi flor,
el purgatorio veo al perder el color.

¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí,
Dios de toda existencia, para llegar a ti!

Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz
que el peso del temor y del amor la cruz.

Para oír cómo gimen las almas condenadas
sin poderles decir “¡Estáis ya perdonadas!”

¡Dolor de los dolores; no poder agotar
los sollozos que intentan por doquiera brotar!

De noche tropezar en celdas intranquilas
que ningún alba tiñe con sus claras pupilas.

Ni poder decir al Señor incomprendido:
“¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?”

Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío,
como el ave caída teme por su albedrío.

A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente,
y mi alma más cercana el purgatorio siente.

Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada,
como una esclava indócil, al fin de la jornada,

cubriendo con las manos el semblante abatido,
pisando el corazón, por tierra malherido.

Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo
y no oso desear nada de lo que amo.

Y este corazón mío no tendrá más dulzura
que los lejanos ecos de su antigua ventura.

Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?

Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria
no arderá ante mis ojos ninguna luminaria.

No he de ver más escenas mundanas y horrorosas
que abatan mis humildes miradas dolorosas.

¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida
para el mal en la tierra, empero, está encendida.

Ve el culpable que a la horca su delito conduce
el saludo del orbe que se divierte y luce.

¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar!
¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar!

Para el junco del lago no hay un soplo viviente
ni aire para que exista un átomo viviente.

Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura
al ingrato, tendré en mi sed y calentura.

Del corazón ausente que me hará padecer
acumularé el llanto que no puedo verter.

Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?

¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto
tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto!

¡No más familia dulce, sentada en el umbral
que bendice cantando el sueño patriarcal!

¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible
hasta la Nada absurda tornaría sensible!

No más libros divinos desde el cielo exfoliados,
conciertos para el alma por la vista escuchados.

Y no osando morir tampoco oso vivir
ni buscar en la muerte quién me ha de redimir.

¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo
si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo?

Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?

¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada,
del dolor de nacer con morir castigada!

Mas no tengo en la muerte si me siento expirar
ni una lejana voz que aconseje esperar.

¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida
esta melancolía besara con luz cálida!

¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror
viera cómo me ven dos ojos con amor!

¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita,
que bajaría a ver a su hija precita!

¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar
y ella me sacaría del horrible lugar!

De la esperanza joven alzara el fuerte viento
al fruto derribado por tanto sufrimiento.

Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos,
arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos.

El aire auxiliaría a mis alas nacientes
como a las golondrinas libres e independientes.

Huiría para siempre, pues mi madre al partir
viva me llevaría hacia lo porvenir.

Mas antes de pasar las mortales fronteras
otras almas quisiéramos tener por compañeras.

Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores
y el aroma que exhalan los llantos de dolores

caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes,
gritando “¡Acompañadnos!” a las almas dolientes.

“¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar
el amor en que no hay que morir ni llorar?

¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos!
¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos!

¡El sepulcro está roto por la eterna pasión!
¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!”



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miércoles, 15 de febrero de 2012

Paria de Tristan Corbière



¡Que se las arreglen con las repúblicas,
hombres libres! -Picota al cuello-
¡Que pueblen sus nidos domésticos..!
-Yo soy el frágil cuclillo.
-Yo- corazón eunuco, desprovisto
de todo éxtasis y vibración…
¿Qué me canta su libertad,
a mí? Siempre solo. Siempre libre.
-Mi patria… está en el mundo;
y, puesto que el planeta es redondo,
No temo ver el fin…
Mi patria está donde yo la planto…
Tierra o mar, ella está bajo mi planta
de mis pues –cuando estoy de pie.
-Cuando estoy acostado: mi patria
es el lecho sólo y moribundo
sobre el que quiero forzar en mis brazos
mi otra mitad, como yo sin alma;
y mi otra mitad: es una mujer…
Una mujer que no poseo.
-Mi ideal: es un sueño
hueco; mi horizonte –lo imprevisto-
y la nostalgia me roe…
De un país que yo no he visto.
Mi bandera sobre mí ondea,
tiene al cielo por corona:
es la brisa en mi cabellos…
Y sin importar la lengua;
puedo sufrir una arenga;
y callarme si así quiero.
Mi pensamiento es aliento yermo:
es el aire. Por doquier el aire es mío.
Y mi palabra es el eco vacío
que nada dice –y nada más.
Mi pasado: es lo que olvido.
Lo único que me ata
es mi mano en mi otra mano.
Mi recuerdo –Nada- es mi huella.
Mi presente, es todo lo que pasa.
Mi futuro –mañana… mañana.
No conozco a mi semejante;
yo soy lo que me hago.
-El yo humano es detestable…
-Ni me amo ni me odio.
-¡Venga! La vida es una joven
que por placer me ha cogido…
El mío, es: reducir a harapos,
y prostituirla sin deseo.
-¿Los dioses?… –Por casualidad nací;
tal vez algunos existan –por azar…
Ellos, si desean conocerme,
me hallarán en cualquier parte.
Donde yo muera: mi patria
se abrirá bien, sin suplicarlo,
suficiente para mi mortaja…
¿Y para qué una mortaja…?
Ya que mi patria está en la tierra
mis huesos allí se irán solos…


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martes, 14 de febrero de 2012

Desmayarse, atreverse, estar furioso de Lope de Vega



Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.



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lunes, 13 de febrero de 2012

Axolotl (fragmento) de Julio Cortázar



Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus ojos, sobre todo, me obsesionaban. Al lado de ellos, en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome, desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas...Pero una lagartija tiene manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientemente, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: "Sálvanos, sálvanos." Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos; había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir también máscara y también fantasmas. Detrás de esas caras aztecas, inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. "Usted se los come con los ojos". me decía riendo el guardián., que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de lo que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de un axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana, al inclinarme sobre el acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible, que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de que esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acurio, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña; seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino



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domingo, 12 de febrero de 2012

El árbol de la ciencia (fragmento) de Pío Baroja



Ya la ciencia para vosotros, dijo Iturrioz, no es una institución con un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana replicó Andrés.
¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
-¿En qué?
En el concepto del mundo
Está bien, pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
En eso estoy conforme, dijo Andrés. La voluntad, el deseo de vivir es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intesidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
¡Bah!
Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
No recuerdo, la verdad.
Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?


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sábado, 11 de febrero de 2012

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro... de Luis García Montero

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro,
agradece tu vida a mis fantasmas,
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gentes que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabemos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página



ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/  

viernes, 10 de febrero de 2012

La máquina del tiempo (fragmento) de H.G.Wells



La seguridad demasiado perfecta de los habitantes del Mundo Superior los había llevado, en un pausado movimiento de degeneración, a un aminoramiento general de estatura, de fuerza e inteligencia. Eso podía yo verlo ya con bastante claridad. Sin embargo, no sospechaba aún lo que había ocurrido a los habitantes del Mundo Subterráneo, pero por lo que había visto de los Morlocks -que era el nombre que daban a aquellos seres podía imaginar que la modificación del tipo humano era aún más profunda que entre los Eloi, la raza que ya conocía.
Entonces surgieron los Morlocks, unas dudas fastidiosas. ¿Por qué habían cogido mi Máquina del Tiempo? Pues estaba seguro de que eran ellos quienes la habían cogido. ¿Y por qué, también, si los Eloi eran los amos, no podían devolvérmela? ¿Y por qué sentían un miedo tan terrible de la oscuridad? Empecé, como ya he dicho, por interrogar a Weena acerca de aquel Mundo Subterráneo, pero de nuevo quedé defraudado.
Al principio no comprendió mis pregunta, y luego se negó a contestarlas. Se estremecía como si el tema le fuese insoportable. Y cuando la presioné, quizá un poco bruscamente, se deshizo en llanto. Fueron las
únicas lágrimas, exceptuando las mías, que vi jamás en la Edad de Oro. Viéndolas cesé de molestarla sobre los Morlocks, y me dediqué a borrar de los ojos de Weena aquellas muestras de su herencia humana. Pronto sonrió, aplaudiendo con sus manitas, mientras yo encendía solemnemente una cerilla.

Podrá parecerles raro, pero dejé pasar dos días antes de seguir la reciente pista que llevaba evidentemente al camino apropiado. Sentía una aversión especial por aquellos cuerpos pálidos. Tenían exactamente ese tono semiblancuzco de los gusanos y de los animales conservados en alcohol en un museo zoológico. Y al tacto eran de una frialdad repugnante. Mi aversión se debía en gran parte a la influencia simpática de los Eloi, cuyo asco por los Morlocks empezaba yo a comprender.
La noche siguiente no dormí nada bien. Sin duda mi salud estaba alterada. Sentíame abrumado de perplejidad y de dudas. Tuve una o dos veces la sensación de un pavor intenso al cual no podía yo encontrar ninguna razón concreta. Recuerdo haberme deslizado sin ruido en el gran vestíbulo donde los seres aquellos dormían a la luz de la luna -aquella noche Weena se hallaba entre ellas- y sentíame tranquilizado con su presencia. Se me ocurrió, en aquel momento, que en el curso de pocos días la luna debería entrar en su último cuarto, y las noches serían oscuras; entonces, las apariciones de aquellos desagradables seres subterráneos, de aquellos blancuzcos lémures, de aquella nueva gusanera que había sustituido a la antigua, serían más numerosas. Y durante esos dos días tuve la inquieta sensación de quien elude una obligación inevitable. Estaba seguro de que solamente recuperaría la Máquina del Tiempo penetrando audazmente en aquellos misterios del subsuelo. Sin embargo, no podía enfrentarme con aquel enigma. De haber tenido un compañero la cosa sería muy diferente. Pero estaba horriblemente solo, y el
simple hecho de descender por las tinieblas del pozo me hacía Palidecer. No sé si ustedes comprenderán mi estado de ánimo, pero sentía sin cesar un peligro a mi espalda.


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jueves, 9 de febrero de 2012

La guerra de los mundos (fragmento) de H.G. Wells


Me encontré con la máquina de trabajo destrozada en camino hacia la estación de St. John's Wood. Al
principio creí que una de las casas habíase desplomado sobre la calle. Cuando trepé sobre los escombros
vi con sorpresa el Sansón mecánico en el suelo, con sus tentáculos doblados y rotos entre las ruinas que él
mismo había causado. La parte delantera estaba aplastada. Parece que había avanzado ciegamente hacia la
casa y quedó destrozada al caerle encima los escombros. Tuve la impresión de que esto podría haber ocurrido si la máquina de trabajo había escapado al control del marciano que la guiaba. No pude meterme
entre los escombros para observarla mejor y estaba ya demasiado oscuro para que pudiera ver la sangre de
que estaba manchado su asiento y los restos del marciano que dejaran los perros.
Mas maravillado aún por lo que acababa de ver, seguí hacia Primrose Hill. Muy a lo lejos, por un claro entre los árboles, vi a un segundo marciano, tan inmóvil como el primero, parado en el parque del Jardín
Zoológico.
Poco más allá de los restos de la máquina de trabajo volví a encontrar la hierba roja y vi que el Canal Regent era una masa esponjosa de vegetación carmesí.
Cuando cruzaba el puente cesó de pronto el prolongado gemido. El silencio subsiguiente me produjo la
misma impresión de un trueno repentino. Las casas de mi alrededor se elevaban entre las sombras; los árboles del parque se tornaban negros. La hierba roja trepaba por entre las ruinas hasta bastante altura. La noche, madre del terror y del misterio, se cernía ya sobre mí. Pero mientras sonaba aquella voz, la soledad había sido soportable; en virtud de ella, Londres había parecido vivo, y este detalle me sostuvo. Luego ocurrió el cambio, feneció algo—no sé qué—y el silencio se tornó aplastante.
Londres parecía mirarme. Las ventanas de las casas blancas eran como las cuencas vacías de cráneos
blanqueados por el tiempo. Mi imaginación descubrió a mil enemigos que se movían silenciosos a mi alrededor. El terror hizo presa en mí. Más adelante, la calle habíase tornado tan negra como la tinta y vi una forma retorcida en medio del camino. No pude seguir. Me volví por St. John's Wood Road y eché a correr para alejarme de aquella quietud insoportable e ir hacia Kilburn.
Me oculté de la noche y el silencio, hasta mucho después de las doce, en un refugio para cocheros que hay
en Harrow Road. Pero antes del amanecer volví a recobrar el valor, y mientras brillaban todavía las estrellas salí de nuevo en dirección a Regent Park.
Me extravié por el camino y al poco vi, a la media luz del alba, la curva de Primrose Hill, al otro extremo
de la larga avenida. En su cima se hallaba un tercer marciano, erguido e inmóvil como los otros.
Una idea insana se posesionó de mí. Terminaría de una vez con todo. Era mejor morir y me ahorraría la molestia de suicidarme. Marché decididamente hacia el titán, y luego, al acercarme más y acrecentarse la luz, vi que una multitud de pájaros negros volaba en círculos y se apiñaba alrededor del capuchón. Ante ese espectáculo dio un vuelco mi corazón y acto seguido eché a correr por el camino.
Pasé rápidamente por entre la frondosa hierba roja que cubría St. Edmond's Terrace, crucé con gran esfuerzo un torrente que nacía en los caños principales del servicio del agua y desembocaba en Albert
Road y salí al prado antes que se elevara el sol.
Grandes montones de tierra habíanse apilado alrededor de la cima de la colina formando un enorme reducto —aquella era la más grande y la última de las fortalezas hechas por los marcianos—, y desde detrás de los montones de tierra se elevaba una delgada columna de humo. Contra el fondo del cielo vi la silueta de un perro que echaba a correr y se perdía de vista.
La idea que se presentara a mi mente se tornó más real y aceptable. No sentí temor, sino un júbilo extraordinario, al correr colina arriba hacia el monstruo inmóvil. Del capuchón pendían jirones de carne parda, que los pájaros picoteaban.
Un momento más y había trepado a la muralla de tierra. Ya tenía a mi vista el enorme reducto. Era un espacio muy grande y había en él máquinas gigantescas, altas pilas de materiales y extraños refugios. Y diseminados por todas partes: algunos en sus máquinas de guerra derribadas; otros en las máquinas de trabajo, ahora inmóviles, y una docena de ellos tendidos en una hilera silenciosa, se hallaban los marcianos..., ¡todos muertos! Destruidos por las bacterias de la corrupción y de la enfermedad, contra las
cuales no tenían defensas; destruidos, como le estaba ocurriendo a la hierba roja; derrotados—después que fallaron todos los inventos del hombre—por los seres más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra.
Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos hubiera cegado el terror. Los
gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No
sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias—las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo—no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes.
Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los observé yo estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro.
Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie
puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de
lo que eran, pues no en vano viven y mueren los hombres.
Aquí y allá se encontraban diseminados cerca de cincuenta, en total, en aquel último reducto, sorprendidos por una muerte que debe haberles parecido incomprensible.
Para mí también resultó incomprensible su muerte. Todo lo que supe fue que esos seres, que habían sido
tan terribles para el hombre, estaban ahora muertos. Por un momento creí que la destrucción de Senaquerib se había repetido, que Dios habíase arrepentido, que el Ángel de la Muerte los había matado durante la noche.
Me quedé mirando hacia el interior del pozo y mi corazón latió jubilosamente. En ese momento me iluminó con sus rayos el sol naciente. El pozo estaba todavía en la penumbra; las tremendas máquinas, tan maravillosas en su poder y complejidad, tan extraterrestres en su forma, mostrábanse fantásticas, vagas y
extrañas entre las sombras.
Oí que una multitud de perros reñía entre los cadáveres que yacían en el pozo. Del otro lado del reducto
yacía la gran máquina de volar con la que habían estado experimentando en nuestra atmósfera, más densa,
cuando les sorprendió la corrupción y la muerte.
Al oír graznidos en lo alto miré hacia la enorme máquina guerrera, que no volvería a luchar más, y vi los restos de carne roja que pendían de los asientos, volcados en su capuchón.
Me volví para mirar cuesta abajo hacia donde se hallaban los otros dos marcianos, rodeados por los
pájaros negros. Uno de ellos había muerto mientras llamaba a sus compañeros; quizá fue el último en
fenecer y su voz continuó resonando hasta que se agotó la fuerza motriz de su máquina. Ahora relucían
ambos como inofensivos trípodes de brillante metal a la luz clara del sol que nacía...
Alrededor del pozo, y salvada como por milagro de una destrucción total, se extendía la madre de las
ciudades. Los que han visto Londres sólo velado por sus sombríos mantos de humo no pueden imaginar la
desnuda claridad y la belleza del silencioso dédalo de casas.
Hacia el este, sobre las ruinas ennegrecidas de Albert Terrace y la aguja quebrada de la iglesia, el sol
brillaba deslumbrante en el cielo límpido, y aquí y allá captaba la luz alguna faceta de una claraboya de
cristales. Los rayos tocaban ya el depósito de vinos próximo a la estación Chalk Famm, y los vastos
terrenos del ferrocarril, marcados antes con los relucientes rieles, que ahora estaban teñidos de herrumbre
debido al desuso.
Hacia el norte se hallaban Kilburn y Hampstead; hacia el oeste se perdía la visión de la gran ciudad
debido a la distancia, y hacia el sur, al otro lado del pozo, vi claramente la extensión verde de Regent
Park, el hotel Langham, la cúpula del Albert Hall, el Instituto Imperial y las gigantescas mansiones de
Brompton Road. A lo lejos se elevaban las azuladas colinas de Surrey y las torres del Crystal Palace
relucían como dos varas de plata. La cúpula de St. Paul's mostrábase oscura contra el resplandor del sol, y
por primera vez vi que tenía un enorme agujero en su costado occidental.
Y mientras contemplaba aquella vasta extensión de casas, fábricas e iglesias, silenciosas y abandonadas;
mientras pensaba en las esperanzas y esfuerzos, en las vidas que contribuyeron a la construcción de aquel
refugio humano y en la terrible amenaza que se cernió sobre todo ello; cuando comprendí que la sombra
habíase disipado, que los hombres recorrerían sus calles y que esta vasta ciudad muerta volvería una vez
más a la vida, experimenté una emoción que estuvo a punto de arrancar lágrimas de mis ojos.
Había pasado la tempestad. Ese mismo día comenzaría la cura. Los sobrevivientes diseminados por el
país—sin líderes, sin ley, sin alimentos, como ovejas sin su pastor—, los miles que huyeran por el mar,
emprenderían el regreso; la pulsación de la vida, cada vez más fuerte, volvería a latir en las calles
desiertas y a verterse por las plazuelas abandonadas.
Fuera cual fuese la destrucción, habíase ya detenido la mano destructora. Todas las ruinas, los
ennegrecidos esqueletos de los edificios, que parecían mirar con desesperación hacia el verdor de la
colina, resonarían ahora con los martillazos de los constructores. Al pensar esto tendí las manos hacia el
cielo y di las gracias a Dios. En un año, me dije; en un año...
Y luego, con fuerzas aplastadoras, volvió a mi mente la idea de mi situación, el recuerdo de mi esposa y
el de la vida de esperanza y ternura que había cesado para siempre.


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miércoles, 8 de febrero de 2012

Ponencia de Don Durito de la Lacandona (fragmento) del Subcomandante Marcos



Parte Segunda: Donde el Durito trata de demostrar para qué sirven las banderas, que ofrecen refugio y nuevo mundo a un bayo caballo bayo y otras maravillas que el trigo entenderá.
Pero habría, es seguro, de entre todos los pececillos, algunos y algunas que dejarían botado el raquítico 
``yo'' que les enseñaron los tiburones y levantarían, bien alta, la bandera del ``nosotros'', que si ansia de libertad y de ser mejores les daría. Y el sólo hecho de levantar esa bandera en tan acuoso medio sería ya algo que los haría mejores. Y grande sería la alegría que descubrirse, mejores les haría y tratarían de hablar y ``libertad'' sería la palabra primera que dirían.
Y usarían el asta bandera no para encabezar una rebelión que destituyera a los tiburones y los suplantara en el 
poder con pececillos. No, lo que ellos harían sería usar el asta bandera como ariete y romperían todas las cajas de mar y todo se vaciaría el mar en la mar y ya no habría tiburones ni pececillos, sino congrejos, marinos y parientes de los escarabajos, y sabedores de que la mejor forma de avanzar es para atrás. En una palabra, habría por fin en el mar la lucha por una cultura nueva, una cultura que prescindiera de tiburones y pececillos y rehiciera de nuevo todo, sin peceras ni jaulas. Una cultura que no tuviera que imaginar a los hombres en otra condición diferente a la humana para suponerlos buenos y mejores siempre. Una cultura que tuviera lugar para el extraviado caballo bayo que cabalga, todavía, buscando un cuento donde pueda ser caballo y bayo sin que nadie le exija dejar de serlo o cambiar de color. 
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Ni Jaulas Ni Peceras, canción de la Cabra Mecánica inspirada en este texto del Subcomandante Marcos  

martes, 7 de febrero de 2012

Hombre preso que mira a su hijo de Mario Benedetti



Cuando era como vos me enseñaron los viejos
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quien se le ocurriria en un país
donde los presidentes andaban sin capangas.

Que la patria o la tumba era otro pleonasmo

ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos.

Realmente no sabian un corno

pobrecitos creian que libertad
era tan solo una palabra aguda
que muerte era tan solo grave o llana
y carceles por suerte una palabra esdrújula.

Olvidaban poner el acento en el hombre.


La culpa no era exáctamente de ellos

sino de otros mas duros y siniestros
y estos si
como nos ensartaron
en la limpia república verbal
como idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros
y como nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles.

Uno no siempre hace lo que quiere

uno no siempre puede
por eso estoy aqui
mirándote y echándote
de menos.

Por eso es que no puedo despeinarte el jopo

ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos.

Vos ya sabes que tuve que elegir otros juegos

y que los juegue en serio.

Y jugue por ejemplo a los ladrones

y los ladrones eran policias.

Y jugue por ejemplo a la escondida

y si te descubrian te mataban
y jugue a la mancha
y era de sangre.

Botija aunque tengas pocos años

creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

Por eso no te oculto que me dieron picana

que casi me revientan los rinones
todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durisimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.

Pero también es bueno que conozcas

que tu viejo callo
o puteo como un loco
que es una linda forma de callar.

Que tu viejo olvido todos los números

(por eso no podria ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.

Y las calles y el color de los ojos

y los cabellos y las cicatrices
y en que esquina
en que bar
que parada
que casa.

Y acordarse de vos

de tu carita
lo ayudaba a callar.

Una cosa es morirse de dolor

y otra cosa es morirse de verguenza.

Por eso ahora

me podes preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.

Uno no siempre hace lo que quiere

pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.

Llora nomas botija

son macanas
que los hombres no lloran
aqui lloramos todos.

Gritamos berreamos moqueamos chillamos

maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.

Llora

pero no olvides.



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lunes, 6 de febrero de 2012

Todavía de Mario Benedetti


No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
 y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
  porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
  pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.

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Canción Opio de Heroes del Silencio: "Las cosas más triviales se vuelven fundamentales..." 

domingo, 5 de febrero de 2012

Esbozo de una serpiente de Paul Valéry

A Henry Ghéon

Sobre aquel árbol la brisa acuna
A la víbora que yo vestí;
Una sonrisa le horada el diente
Y nos aclara sus apetitos
En el Jardín donde arriesga y ronda,
Y en el triángulo mío de esmeralda
Saca su lengua de doble filo...
Bestia soy, pero bestia aguda
De quien el veneno, aunque vil,
Domina al de la cauta cicuta.

Cuán suave aquel tiempo de placer!
Temblad mortales! Yo soy muy fuerte
Cuando consigo con mi descaro,
¡En un bostezo quebrar la fuerza!
El esplendor del Cielo perfila
Este blasón de sierpe que oculta
Bajo su animal simplicidad;
¡Venid a mí, raza atolondrada!
¡Estoy de pie, atenta y proterva,
Semejante a la necesidad!

¡Sol, Sol!... ¡Mentira resplandeciente!
Tú, Sol que a la muerte la enmascaras
Bajo el azul y oro de una tienda
do celebran consejo las flores
Por entre impenetrables placeres,
¡Tú, el más fiero de mis cómplices
Y de mis trampas, la más aguda,
Protege a los corazones para
Que nunca sepan que el Universo
Es un defecto, allí en la pureza
Del No-Ser!

Gran Sol que haces retiñir la alarma
Para el ser y le compañas fuegos,
Tú, que entre los sueños lo encarcelas
Y muy tramposamente le pintas,
Campiñas, oh hacedor de fantasmas
Felices que propenden los ojos
A la presencia oscura del alma,
Siempre me ha gustado la mentira
Que tú expandes en el absoluto,
¡Oh rey de las sombras vuelto lumbre!

Vierte sobre mí tu calor basto
Donde surge mi pereza gélida
Y desvaría algún mal que le es
Propio a mi naturaleza rea...
Lugar feliz donde vive la carne,
Donde escoger y acoplarse es grato,
Donde mi furor se vuelve maduro,
Y lo recorro entre mis circuitos
Donde mi meditación murmura.

¡Oh Vanidad, Causa Primera!
Aquella que reina en los Cielos,
Y que hizo a la luz que nos abra
Al Universo espacioso exhausto
De su propio espectáculo purísimo.
Dios mismo nos ha roto el obstáculo
De su Perfecta Eternidad;
El se nos volvió Quien nos disipa
En consecuencias a su Principio,
En estrellas su Unidad.
¡Cielos, su error! ¡Tiempo, su ruina!
Y el abismo animal, boquiabierto...
¡Qué caída en el origen, una
Centella en el lugar de la nada!...
Pero en el primer vocablo en su Verbo:
YO... El más soberbio de los astros
Dicho por el loco creador,
¡Yo soy... Yo seré... Yo os ilumino
La disminución divina
De todo el fuego del Seductor!



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sábado, 4 de febrero de 2012

La Pantera de Rainer Maria Rilke



Su mirada se ha cansado de tanto observar
esos barrotes ante sí, en desfile incesante,
que nada más podría entrar ya en ella.
Le parece que sólo hay miles de barrotes
y que detrás de ellos ningún mundo existe.

Mientras avanza dibujando una y otra vez
con sus pisadas círculos estrechos,
el movimiento de sus patas hábiles y suaves
va mostrando una rotunda danza,
en torno a un centro en el que sigue alerta
una imponente voluntad.

Sólo a veces, permite en silencio, la apertura
de los cortinajes que ocultaban sus pupilas;
y cruza una imagen hacia adentro,
se desliza a través de los tensos músculos
cae en su corazón, se desvanece y muere.



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