jueves, 9 de febrero de 2012

La guerra de los mundos (fragmento) de H.G. Wells


Me encontré con la máquina de trabajo destrozada en camino hacia la estación de St. John's Wood. Al
principio creí que una de las casas habíase desplomado sobre la calle. Cuando trepé sobre los escombros
vi con sorpresa el Sansón mecánico en el suelo, con sus tentáculos doblados y rotos entre las ruinas que él
mismo había causado. La parte delantera estaba aplastada. Parece que había avanzado ciegamente hacia la
casa y quedó destrozada al caerle encima los escombros. Tuve la impresión de que esto podría haber ocurrido si la máquina de trabajo había escapado al control del marciano que la guiaba. No pude meterme
entre los escombros para observarla mejor y estaba ya demasiado oscuro para que pudiera ver la sangre de
que estaba manchado su asiento y los restos del marciano que dejaran los perros.
Mas maravillado aún por lo que acababa de ver, seguí hacia Primrose Hill. Muy a lo lejos, por un claro entre los árboles, vi a un segundo marciano, tan inmóvil como el primero, parado en el parque del Jardín
Zoológico.
Poco más allá de los restos de la máquina de trabajo volví a encontrar la hierba roja y vi que el Canal Regent era una masa esponjosa de vegetación carmesí.
Cuando cruzaba el puente cesó de pronto el prolongado gemido. El silencio subsiguiente me produjo la
misma impresión de un trueno repentino. Las casas de mi alrededor se elevaban entre las sombras; los árboles del parque se tornaban negros. La hierba roja trepaba por entre las ruinas hasta bastante altura. La noche, madre del terror y del misterio, se cernía ya sobre mí. Pero mientras sonaba aquella voz, la soledad había sido soportable; en virtud de ella, Londres había parecido vivo, y este detalle me sostuvo. Luego ocurrió el cambio, feneció algo—no sé qué—y el silencio se tornó aplastante.
Londres parecía mirarme. Las ventanas de las casas blancas eran como las cuencas vacías de cráneos
blanqueados por el tiempo. Mi imaginación descubrió a mil enemigos que se movían silenciosos a mi alrededor. El terror hizo presa en mí. Más adelante, la calle habíase tornado tan negra como la tinta y vi una forma retorcida en medio del camino. No pude seguir. Me volví por St. John's Wood Road y eché a correr para alejarme de aquella quietud insoportable e ir hacia Kilburn.
Me oculté de la noche y el silencio, hasta mucho después de las doce, en un refugio para cocheros que hay
en Harrow Road. Pero antes del amanecer volví a recobrar el valor, y mientras brillaban todavía las estrellas salí de nuevo en dirección a Regent Park.
Me extravié por el camino y al poco vi, a la media luz del alba, la curva de Primrose Hill, al otro extremo
de la larga avenida. En su cima se hallaba un tercer marciano, erguido e inmóvil como los otros.
Una idea insana se posesionó de mí. Terminaría de una vez con todo. Era mejor morir y me ahorraría la molestia de suicidarme. Marché decididamente hacia el titán, y luego, al acercarme más y acrecentarse la luz, vi que una multitud de pájaros negros volaba en círculos y se apiñaba alrededor del capuchón. Ante ese espectáculo dio un vuelco mi corazón y acto seguido eché a correr por el camino.
Pasé rápidamente por entre la frondosa hierba roja que cubría St. Edmond's Terrace, crucé con gran esfuerzo un torrente que nacía en los caños principales del servicio del agua y desembocaba en Albert
Road y salí al prado antes que se elevara el sol.
Grandes montones de tierra habíanse apilado alrededor de la cima de la colina formando un enorme reducto —aquella era la más grande y la última de las fortalezas hechas por los marcianos—, y desde detrás de los montones de tierra se elevaba una delgada columna de humo. Contra el fondo del cielo vi la silueta de un perro que echaba a correr y se perdía de vista.
La idea que se presentara a mi mente se tornó más real y aceptable. No sentí temor, sino un júbilo extraordinario, al correr colina arriba hacia el monstruo inmóvil. Del capuchón pendían jirones de carne parda, que los pájaros picoteaban.
Un momento más y había trepado a la muralla de tierra. Ya tenía a mi vista el enorme reducto. Era un espacio muy grande y había en él máquinas gigantescas, altas pilas de materiales y extraños refugios. Y diseminados por todas partes: algunos en sus máquinas de guerra derribadas; otros en las máquinas de trabajo, ahora inmóviles, y una docena de ellos tendidos en una hilera silenciosa, se hallaban los marcianos..., ¡todos muertos! Destruidos por las bacterias de la corrupción y de la enfermedad, contra las
cuales no tenían defensas; destruidos, como le estaba ocurriendo a la hierba roja; derrotados—después que fallaron todos los inventos del hombre—por los seres más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra.
Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos hubiera cegado el terror. Los
gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No
sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias—las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo—no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes.
Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los observé yo estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro.
Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie
puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de
lo que eran, pues no en vano viven y mueren los hombres.
Aquí y allá se encontraban diseminados cerca de cincuenta, en total, en aquel último reducto, sorprendidos por una muerte que debe haberles parecido incomprensible.
Para mí también resultó incomprensible su muerte. Todo lo que supe fue que esos seres, que habían sido
tan terribles para el hombre, estaban ahora muertos. Por un momento creí que la destrucción de Senaquerib se había repetido, que Dios habíase arrepentido, que el Ángel de la Muerte los había matado durante la noche.
Me quedé mirando hacia el interior del pozo y mi corazón latió jubilosamente. En ese momento me iluminó con sus rayos el sol naciente. El pozo estaba todavía en la penumbra; las tremendas máquinas, tan maravillosas en su poder y complejidad, tan extraterrestres en su forma, mostrábanse fantásticas, vagas y
extrañas entre las sombras.
Oí que una multitud de perros reñía entre los cadáveres que yacían en el pozo. Del otro lado del reducto
yacía la gran máquina de volar con la que habían estado experimentando en nuestra atmósfera, más densa,
cuando les sorprendió la corrupción y la muerte.
Al oír graznidos en lo alto miré hacia la enorme máquina guerrera, que no volvería a luchar más, y vi los restos de carne roja que pendían de los asientos, volcados en su capuchón.
Me volví para mirar cuesta abajo hacia donde se hallaban los otros dos marcianos, rodeados por los
pájaros negros. Uno de ellos había muerto mientras llamaba a sus compañeros; quizá fue el último en
fenecer y su voz continuó resonando hasta que se agotó la fuerza motriz de su máquina. Ahora relucían
ambos como inofensivos trípodes de brillante metal a la luz clara del sol que nacía...
Alrededor del pozo, y salvada como por milagro de una destrucción total, se extendía la madre de las
ciudades. Los que han visto Londres sólo velado por sus sombríos mantos de humo no pueden imaginar la
desnuda claridad y la belleza del silencioso dédalo de casas.
Hacia el este, sobre las ruinas ennegrecidas de Albert Terrace y la aguja quebrada de la iglesia, el sol
brillaba deslumbrante en el cielo límpido, y aquí y allá captaba la luz alguna faceta de una claraboya de
cristales. Los rayos tocaban ya el depósito de vinos próximo a la estación Chalk Famm, y los vastos
terrenos del ferrocarril, marcados antes con los relucientes rieles, que ahora estaban teñidos de herrumbre
debido al desuso.
Hacia el norte se hallaban Kilburn y Hampstead; hacia el oeste se perdía la visión de la gran ciudad
debido a la distancia, y hacia el sur, al otro lado del pozo, vi claramente la extensión verde de Regent
Park, el hotel Langham, la cúpula del Albert Hall, el Instituto Imperial y las gigantescas mansiones de
Brompton Road. A lo lejos se elevaban las azuladas colinas de Surrey y las torres del Crystal Palace
relucían como dos varas de plata. La cúpula de St. Paul's mostrábase oscura contra el resplandor del sol, y
por primera vez vi que tenía un enorme agujero en su costado occidental.
Y mientras contemplaba aquella vasta extensión de casas, fábricas e iglesias, silenciosas y abandonadas;
mientras pensaba en las esperanzas y esfuerzos, en las vidas que contribuyeron a la construcción de aquel
refugio humano y en la terrible amenaza que se cernió sobre todo ello; cuando comprendí que la sombra
habíase disipado, que los hombres recorrerían sus calles y que esta vasta ciudad muerta volvería una vez
más a la vida, experimenté una emoción que estuvo a punto de arrancar lágrimas de mis ojos.
Había pasado la tempestad. Ese mismo día comenzaría la cura. Los sobrevivientes diseminados por el
país—sin líderes, sin ley, sin alimentos, como ovejas sin su pastor—, los miles que huyeran por el mar,
emprenderían el regreso; la pulsación de la vida, cada vez más fuerte, volvería a latir en las calles
desiertas y a verterse por las plazuelas abandonadas.
Fuera cual fuese la destrucción, habíase ya detenido la mano destructora. Todas las ruinas, los
ennegrecidos esqueletos de los edificios, que parecían mirar con desesperación hacia el verdor de la
colina, resonarían ahora con los martillazos de los constructores. Al pensar esto tendí las manos hacia el
cielo y di las gracias a Dios. En un año, me dije; en un año...
Y luego, con fuerzas aplastadoras, volvió a mi mente la idea de mi situación, el recuerdo de mi esposa y
el de la vida de esperanza y ternura que había cesado para siempre.


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miércoles, 8 de febrero de 2012

Ponencia de Don Durito de la Lacandona (fragmento) del Subcomandante Marcos



Parte Segunda: Donde el Durito trata de demostrar para qué sirven las banderas, que ofrecen refugio y nuevo mundo a un bayo caballo bayo y otras maravillas que el trigo entenderá.
Pero habría, es seguro, de entre todos los pececillos, algunos y algunas que dejarían botado el raquítico 
``yo'' que les enseñaron los tiburones y levantarían, bien alta, la bandera del ``nosotros'', que si ansia de libertad y de ser mejores les daría. Y el sólo hecho de levantar esa bandera en tan acuoso medio sería ya algo que los haría mejores. Y grande sería la alegría que descubrirse, mejores les haría y tratarían de hablar y ``libertad'' sería la palabra primera que dirían.
Y usarían el asta bandera no para encabezar una rebelión que destituyera a los tiburones y los suplantara en el 
poder con pececillos. No, lo que ellos harían sería usar el asta bandera como ariete y romperían todas las cajas de mar y todo se vaciaría el mar en la mar y ya no habría tiburones ni pececillos, sino congrejos, marinos y parientes de los escarabajos, y sabedores de que la mejor forma de avanzar es para atrás. En una palabra, habría por fin en el mar la lucha por una cultura nueva, una cultura que prescindiera de tiburones y pececillos y rehiciera de nuevo todo, sin peceras ni jaulas. Una cultura que no tuviera que imaginar a los hombres en otra condición diferente a la humana para suponerlos buenos y mejores siempre. Una cultura que tuviera lugar para el extraviado caballo bayo que cabalga, todavía, buscando un cuento donde pueda ser caballo y bayo sin que nadie le exija dejar de serlo o cambiar de color. 
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Ni Jaulas Ni Peceras, canción de la Cabra Mecánica inspirada en este texto del Subcomandante Marcos  

martes, 7 de febrero de 2012

Hombre preso que mira a su hijo de Mario Benedetti



Cuando era como vos me enseñaron los viejos
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quien se le ocurriria en un país
donde los presidentes andaban sin capangas.

Que la patria o la tumba era otro pleonasmo

ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos.

Realmente no sabian un corno

pobrecitos creian que libertad
era tan solo una palabra aguda
que muerte era tan solo grave o llana
y carceles por suerte una palabra esdrújula.

Olvidaban poner el acento en el hombre.


La culpa no era exáctamente de ellos

sino de otros mas duros y siniestros
y estos si
como nos ensartaron
en la limpia república verbal
como idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros
y como nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles.

Uno no siempre hace lo que quiere

uno no siempre puede
por eso estoy aqui
mirándote y echándote
de menos.

Por eso es que no puedo despeinarte el jopo

ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos.

Vos ya sabes que tuve que elegir otros juegos

y que los juegue en serio.

Y jugue por ejemplo a los ladrones

y los ladrones eran policias.

Y jugue por ejemplo a la escondida

y si te descubrian te mataban
y jugue a la mancha
y era de sangre.

Botija aunque tengas pocos años

creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

Por eso no te oculto que me dieron picana

que casi me revientan los rinones
todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durisimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.

Pero también es bueno que conozcas

que tu viejo callo
o puteo como un loco
que es una linda forma de callar.

Que tu viejo olvido todos los números

(por eso no podria ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.

Y las calles y el color de los ojos

y los cabellos y las cicatrices
y en que esquina
en que bar
que parada
que casa.

Y acordarse de vos

de tu carita
lo ayudaba a callar.

Una cosa es morirse de dolor

y otra cosa es morirse de verguenza.

Por eso ahora

me podes preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.

Uno no siempre hace lo que quiere

pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.

Llora nomas botija

son macanas
que los hombres no lloran
aqui lloramos todos.

Gritamos berreamos moqueamos chillamos

maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.

Llora

pero no olvides.



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lunes, 6 de febrero de 2012

Todavía de Mario Benedetti


No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
 y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
  porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
  pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.

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Canción Opio de Heroes del Silencio: "Las cosas más triviales se vuelven fundamentales..." 

domingo, 5 de febrero de 2012

Esbozo de una serpiente de Paul Valéry

A Henry Ghéon

Sobre aquel árbol la brisa acuna
A la víbora que yo vestí;
Una sonrisa le horada el diente
Y nos aclara sus apetitos
En el Jardín donde arriesga y ronda,
Y en el triángulo mío de esmeralda
Saca su lengua de doble filo...
Bestia soy, pero bestia aguda
De quien el veneno, aunque vil,
Domina al de la cauta cicuta.

Cuán suave aquel tiempo de placer!
Temblad mortales! Yo soy muy fuerte
Cuando consigo con mi descaro,
¡En un bostezo quebrar la fuerza!
El esplendor del Cielo perfila
Este blasón de sierpe que oculta
Bajo su animal simplicidad;
¡Venid a mí, raza atolondrada!
¡Estoy de pie, atenta y proterva,
Semejante a la necesidad!

¡Sol, Sol!... ¡Mentira resplandeciente!
Tú, Sol que a la muerte la enmascaras
Bajo el azul y oro de una tienda
do celebran consejo las flores
Por entre impenetrables placeres,
¡Tú, el más fiero de mis cómplices
Y de mis trampas, la más aguda,
Protege a los corazones para
Que nunca sepan que el Universo
Es un defecto, allí en la pureza
Del No-Ser!

Gran Sol que haces retiñir la alarma
Para el ser y le compañas fuegos,
Tú, que entre los sueños lo encarcelas
Y muy tramposamente le pintas,
Campiñas, oh hacedor de fantasmas
Felices que propenden los ojos
A la presencia oscura del alma,
Siempre me ha gustado la mentira
Que tú expandes en el absoluto,
¡Oh rey de las sombras vuelto lumbre!

Vierte sobre mí tu calor basto
Donde surge mi pereza gélida
Y desvaría algún mal que le es
Propio a mi naturaleza rea...
Lugar feliz donde vive la carne,
Donde escoger y acoplarse es grato,
Donde mi furor se vuelve maduro,
Y lo recorro entre mis circuitos
Donde mi meditación murmura.

¡Oh Vanidad, Causa Primera!
Aquella que reina en los Cielos,
Y que hizo a la luz que nos abra
Al Universo espacioso exhausto
De su propio espectáculo purísimo.
Dios mismo nos ha roto el obstáculo
De su Perfecta Eternidad;
El se nos volvió Quien nos disipa
En consecuencias a su Principio,
En estrellas su Unidad.
¡Cielos, su error! ¡Tiempo, su ruina!
Y el abismo animal, boquiabierto...
¡Qué caída en el origen, una
Centella en el lugar de la nada!...
Pero en el primer vocablo en su Verbo:
YO... El más soberbio de los astros
Dicho por el loco creador,
¡Yo soy... Yo seré... Yo os ilumino
La disminución divina
De todo el fuego del Seductor!



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sábado, 4 de febrero de 2012

La Pantera de Rainer Maria Rilke



Su mirada se ha cansado de tanto observar
esos barrotes ante sí, en desfile incesante,
que nada más podría entrar ya en ella.
Le parece que sólo hay miles de barrotes
y que detrás de ellos ningún mundo existe.

Mientras avanza dibujando una y otra vez
con sus pisadas círculos estrechos,
el movimiento de sus patas hábiles y suaves
va mostrando una rotunda danza,
en torno a un centro en el que sigue alerta
una imponente voluntad.

Sólo a veces, permite en silencio, la apertura
de los cortinajes que ocultaban sus pupilas;
y cruza una imagen hacia adentro,
se desliza a través de los tensos músculos
cae en su corazón, se desvanece y muere.



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viernes, 3 de febrero de 2012

Peregrinaciones de Stefan George



Vuestras antiguas imágenes duermen con los muertos.
Me falta el poder de reviviros.
Se me vedaron los verdaderos pastos;
ahora paladeo la suntuosidad plena de corrupción.

Herido por sonidos enervantes
contemplo el valle azul, cubierto de praderas.
Las garzas blancas y de color de rosa huyeron,
al lago cercano que reposa y destella como acero.

Ella avanzó majestuosa, como acompañando a los sonidos.
Su dedo se sostuvo y tensó
los cordones de seda de sus atavíos salvíficos
que de noche hiló con madejas de hierba.

¡Oh sabio juego, adivinar el través de esta envoltura!
En mis pensamientos seguíamos siendo dos,
antes de que ella, tras lianas florecidas
se marchara lenta hacia el lago cercano.



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jueves, 2 de febrero de 2012

El guardador de rebaños de Fernando Pessoa (de heterónimo Alberto Caeiro)



Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.

Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?

Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.

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miércoles, 1 de febrero de 2012

Autoepitafio de Reinaldo Arenas



Mal poeta enamorado de la luna,
no tuvo más fortuna que el espanto;
y fue suficiente pues como no era un santo
sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
que toda gran ambición es gran demencia
y que el más sordido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
como algo cotidiano a la que apostamos
un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
-precisamente porque nos marchamos-.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
el exilio, las múltiples ofensas
típicas de la vileza humana;
pero siempre lo escoltó cierto estoicismo
que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
o a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.



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martes, 31 de enero de 2012

El puerto de José Lezama Lima



Como una giba que ha muerto envenenada
el mar quiere decirnos ¿cenará conmigo esta noche?
Sentado sobre ese mantel quiere rehusar,
su cabeza no declina el vaivén
de un oleaje que va plegando la orquesta
que sabe colocarse detrás de un árbol o del hombre despedido
por la misma pregunta entornada en la adolescencia.
Un cordel apretado en seguimiento de una roca que fija;
el cordel atensado como una espalda cuando alguien la pisa,
une el barco cambiado de colores con la orilla nocherniega:
un sapo pinchado en su centro, un escualo que se pega con una encina submarina.

La rata pasea por el cordel su oído con un recado.
Un fuego suena en parábola y un ave cae;
el adolescente une en punta el final del fuego
con su chaqueta carmesí, en reflejos dos puntos finales tragicómicos.
La presa cae en el mar o en la cubierta como un sombrero
caído con una piedra encubierta, con una piedra.
Su índice traza, un fuego pega en parábola.
La misma sonrisa ha caído como una medusa en su chaqueta carmesí.

El alción, el paje y el barco mastican su concéntrico.
El litoral y los dientes del marino ejecutan
una oblea paradisíaca para la blancura que puede
enemistarse con el papel traspasado por aquél a otro más cercano.
El barco borra el patio y el traspatio, el fanal es su máscara.
Se quita la máscara, y entonces el fanal.

Se apaga el fanal, pero la máscara explora con una profunda banalidad.
Entra el aceite muerto, los verdinegros alimentos de altamar,
a una bodega para alcanzar la mediada vivaz como un ojo paquidermo.
Como una pena seminal los hombres hispanos y los toros penosos
recuestan su peso en la bodega con los alimentos que alcanzan una medida.
Al atravesar ese hombre hispano y ese toro penoso revientan su concéntrico.
Un fuego pega en parábola y el halcón cae,
pero en la bodega del barco ha hundido lo concéntrico oscuro, penoso,
lo mesurable enmascarado que aleja con un hilo lo que recoge con un hilo.



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lunes, 30 de enero de 2012

Bendición de Charles Baudelaire

Cuando por el mandato de un supremo poder,
Aparece el poeta en este mundo hastiado,
Aterrada y lanzando mil blasfemias, su madre
Alza su puño a Dios, el cual de ella se apiada:

—"¡Ah! que no haya parido un nido de reptiles,
Antes de alimentar esta cosa irrisoria!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi propio vientre concibió este castigo!

Puesto que me elegiste entre todas las hembras
Para ser la desdichada de mi triste marido,
Y no podría ahora arrojar a las llamas,
Como carta de amor, a este pequeño monstruo,

Haré yo que caiga el odio que me abruma
Sobre el útil maldito de tu perversidad,
Y tan bien torceré este árbol miserable
¡Que no brotaran de él sus apestadas yemas!"

Aplaca de este modo la espuma de su rabia
Y sin imaginar los eternos designios,
Ella misma prepara al fondo de la Gehena
Las llamas consagradas a los maternos crímenes.

Entretanto, cuidado por un Ángel oculto,
El niño abandonado se emborracha de sol
Y en todo lo que bebe y en todo lo que come
Vuelve a encontrar el néctar bermejo y la ambrosía.

Y juega con el viento y con las nubes habla
Y se embriaga cantando camino de la cruz;
Y en su peregrinaje, el Espíritu amigo
Llora al verle contento como un ave del bosque.

Los que él quisiera amar, se muestran recelosos
O bien, exasperado con su tranquilidad,
Buscan a alguien que quiera causarle algún dolor
Y hacen en él ensayos de su temple feroz.

En el pan y el viento que ha de probar su boca
Mezclan, con la ceniza, impuro salivazos;
Farisaicamente, rechazan cuanto él toca
Y le acusan de haberse interpuesto en su vía.

Su mujer va gritando a través de las plazas:
"Pues tan bella me encuentra que me quiere adorar,
Adoptaré el oficio de los antiguos ídolos
Y de nuevo, como ellos, me haré cubrir de oro;

Y me emborracharé de nardo, incienso y mirra
Y de viandas y vinos y de genuflexiones,
Para ver si consigo de un corazón ferviente
Usurpar, entre burlas, divinos homenajes.

Cuando, al cabo, me aburran esas farsas impías,
Sobre él extenderé mi mano firme y frágil
Y mis uñas, parejas a las de las arpías,
Hasta su corazón sabrán encontrar brechas.

Como pájaro joven que tiembla y que palpita
Arrancaré de su pecho su rojo corazón
Y para que se nutra mi bestia favorita
Al suelo, desdeñosa, yo se lo arrojaré."


Al Cielo, en que sus ojos ven un sitial espléndido,
Sereno alza el Poeta sus brazos compasivos
Y los vivos relámpagos de su lúcido espíritu
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

—"¡Bendito seáis, Señor, que dais el sufrimiento
Como divino bálsamo de nuestras impurezas
Y como la mejor y la más pura esencia
Que dispone a los fuertes a las delicias sacras!

Yo sé que reserváis un sitio a los Poetas
En las gozosas filas de las legiones santas
Y que les invitáis a las eternas fiestas
De tronos, de Virtudes y de Dominaciones.

Sé bien que le sufrimiento es la única nobleza
Donde no morderán la tierra y los infiernos,
Y que para trenzar mi mística corona
Los tiempos y los mundos contribuirán de grado.

Mas las joyas perdidas de la antigua Palmira,
Los metales ignotos, las perlas del mar
No serán suficientes, aun por vos engarzadas,
A esa bella diadema clara y deslumbradora;

Pues no estará engastada sino de pura luz,
Surgida del hogar de los rayos primeros,
De la que los mortales ojos en su esplendor
No son sino dolientes espejos empañados.



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domingo, 29 de enero de 2012

La siesta de un fauno (égloga) de Stéphane Mallarmé



El Fauno:
¡Estas ninfas quisiera perpetuarlas.
Palpita
su granate ligero, y en el aire dormita
en sopor apretado.

¿Quizá yo un sueño amaba?
Mi duda, en oprimida noche remota, acaba
en más de una sutil rama que bien sería
los bosques mismos, al probar que me ofrecía
como triunfo la falta ideal de las rosas.

Reflexionemos...

¡Si las mujeres que glosas
un deseo figuran de tus sentidos magos!
Se escapa la ilusión de aquellos ojos vagos
y fríos, cual llorosa fuente, de la más casta:
mas la otra, en suspiros, dices tú que contrasta
como brisa del día cálida en tu toisón.
¡Que no! que por la inmóvil y lasa desazón
-el son con la frescura matinal en reyertano
murmura agua que mi flauta no revierta
al otero de acordes rociado; sólo el viento
fuera de los dos tubos pronto a exhalar su aliento
en árida llovizna derrame su conjuro;
es, en la línea tersa del horizonte puro,
el hálito visible y artificial, el vuelo
con que la inspiración ha conquistado el cielo.
Sicilianas orillas de charca soporosa
que al rencor de los soles mi vanidad acosa,
tácita bajo flores de centellas, DECID

«Que yo cortaba juncos vencidos en la lid
por el talento; al oro glauco de las lejanas
verduras consagrando su viña a las fontanas:
Ondea una blancura animal en la siesta:
y que al preludio lento de que nace la fiesta,
vuelo de cisnes, ¡no! de náyades, se esquive
o se sumerja ...»

Fosca, la hora inerte avive
sin decir de qué modo sutil recogerá
hírnenes anhelados por el que busca el LA:
me erguiré firme entonces al inicial fervor,
recto y solo, entre olas antiguas de fulgor,
¡lis! uno de vosotros para la ingenuidad.


Sólo esta nada dócil, oh labios, propalad,
beso que suavemente perfidias asegura,
mi pecho virgen antes, muestra una mordedura
misteriosa, legado de algún augusto diente;
¡y basta! arcano tal buscó por confidente
junco gemelo y vasto que al sol da su tonada:
que, desviando de sí mejilla conturbada,
sueña en un solo lento, tramar en ocasiones
la belleza en redor quizá por confusiones
falsas entre ella misma y nuestra nota pura;
y de lograr, tan alto como el amor fulgura,
desvanecer del sueño sólito de costado
o dorso puro, por mi vista ciega espiado,
una línea vana monótona y sonora.

¡Quiere, pues, instrumento de fugas, turbadora
siringa, florecer en el lago en que aguardas!
Yo, en mi canto engreído, diré fábulas tardas
de las diosas; y, por idólatras pinturas,
a su sombra hurtaré todavía cinturas:
así, cuando a las vides. la claridad exprimo,
por desechar la pena que me conturba, mimo
risas alzo del racimo ya exhausto, al sol, y siento,
cuando a las luminosas pieles filtro mi aliento,
mirando a su trasluz una ávida embriaguez.

¡Oh ninfas, los RECUERDOS unamos otra vez!
«Mis ojos horadando los juncos, cada cuello
inmortal, que en las ondas hundía su destello
y un airado clamor al cielo desataba:
y el espléndido baño de cabellos volaba
entre temblor y claridad ¡oh pedrería!
Corro; cuando a mis pies alternan (se diría
por ser dos, degustando, langorosas, el mal)
dormidas sólo en medio de un abrazo fatal,
las sorprendo sin desenlazarlas, y listo
vuelo al macizo, de fútil sombra malquisto,
de rosas que desecan al sol todo perfume,
en que, como la tarde nuestra lid se resume. »

¡Yo te adoro, coraje de vírgenes, oh gala
feroz del sacro fardo desnudo que resbala
por huir de mi labio fogoso, y como un rayo
zozobra! De la carne misterioso desmayo;
de los pies de la cruel al alma de la buena
que abandona a la vez una inocencia, llena
de loco llanto y menos atristados vapores.
«Mi crimen es haber, tras de humillar temores
traidores desatado el intrincado nido
de besos que los dioses guardaban escondido;
pues yendo apenas a ocultar ardiente risa
tras los pliegues de una sola (sumisa
guardando para que su candidez liviana
se tiñera a la fiel emoción de su hermana
la pequeñuela, ingenua, sin saber de rubor):
ya de mis brazos muertos por incierto temblor,
esta presa, por siempre ingrata, se redime
sin piedad del sollozo de que embriagado vime.»

¡Peor! me arrastrarán otras hacia la vida
por la trenza a los cuernos de mi frente ceñida:
tú sabes mi pasión, que, púrpura y madura
toda granada brota y de abejas murmura;
y nuestra sangre loca por quien asirla quiere,
fluye por el enjambre del amor que no se muere.
Cuando el bosque de oro y cenizas se tiña,
una fiesta se exalta en la muriente viña:
¡Etna! En medio de ti, de Venus alegrado,
en tu lava imprimiendo su cotumo sagrado,
si un sueño triste se oye, si su fulgor se calma,
¡Tengo la reina!

¡Oh cierto castigo...
Pero el alma,
de palabras vacante, y este cuerpo sombrío
tarde sucumben al silencio del estío:
sin más, fuerza es dormir, lejano del rencor,
sobre la arena sitibunda, a mi sabor
la boca abierta al astro de vinos eficaces.

¡Oh par, adiós! la sombra miro a la que tomas.


ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

El músico Claude Debussy compusó el Preludio a la siesta de un fauno, inspirado en este poema el año 1894. En 1912, el bailarín ruso Vaslav Nijinski lo coreografió e interpretó por primera vez en versión para ballet.

sábado, 28 de enero de 2012

Canción de otoño de Paul Verlaine



Los largos sollozos
de los violines
del otoño
Hieren mi corazón
con monótona
languidez

Todo sofocante
y pálido, cuando
suena la hora,
Yo me acuerdo
de los días de antes
Y lloro

Y me voy
con el viento malvado
que me lleva
de acá para allá,
Igual que a la
hoja muerta.
 

ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

viernes, 27 de enero de 2012

Belchite de José Antonio Labordeta



El árbol se levanta sobre la tapia hundida.
El viejo campanario –la paloma que había
huyó bajo la guerra- está desierto:
Todo es la sombra.

El monte desolado invade el patio,
el pozo seco,
el niño destrozado por la yedra.
Alguien recuerda –Antes estuve aquí,
hoy ya no vuelvo- por los muros de adoba calcinados:

¿Quién ha puesto el olivo
enfrente del olivo?

¿Quién ha dejado sangre
enfrente de la sangre?

¿Quién ha traído muerte
en contra de la muerte?

¿Quién, en fin, ha destruido al hombre
contra el hombre?

Sobre la casa yerta ya nadie se levanta



ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

jueves, 26 de enero de 2012

Versiones de Eliseo Diego



La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.
La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror.



ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

miércoles, 25 de enero de 2012

Vientos del pueblo me llevan de Miguel Hernández



Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas



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Vientos del Pueblo: Canción de Victor Jara inspirada en el poema de Miguel Hernández e interpretada por Ana Belen y Victor Manuel


martes, 24 de enero de 2012

Carta abierta a la patria de Julio Cortázar



Esta tierra sobre los ojos, este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles, esta noche contínua, esta distancia. Te quiero, país, tirado abajo del mar, pez panza arriba, pobre sombra de país, lleno de vientos, de monumentos, de esperpentos, de orgullo sin objeto, sujeto de asaltos, estúpido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando de babas y estupor canchas de fútbol y ring sides. Pobres negros. Te estás quemando a fuego lento y donde el fuego, donde el que come los asados y tira los huesos, malandras, cajetillas, señores y cafishios, diputados, tilingas de apellido compuesto, gordas tejiendo a dos agujas, maestras normales, curas, escribanos, centrofowards livianos, Fangio solo, tenientes primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos, bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos, secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco, contraflor al resto.
 
Y qué carajo si la casita era un sueño, si lo mataron en pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva, liquidación forzosa, se remata hasta lo último. Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía.
Te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en una bandera que nos legó Belgrano, mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate con su verde consuelo, lotería de pobre.
 
En cada piso hay alguien que nació haciendo discurso para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos. Pobres negros que untan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven en un carnaval de negros. Qué quiniela, hermanito, en Boedo, en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del Norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo, donde ronda la muerte trajeada de mentira.
 
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puño, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora.
 
Tapándome la cara, me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de Puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados.
 
Te quiero país, pañuelo sucio, con sus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado. Y de noche.»


ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

lunes, 23 de enero de 2012

No te salves de Mario Benedetti



No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo



ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/   

domingo, 22 de enero de 2012

El túnel (fragmento) de Ernesto Sábato



Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad.
Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica. Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontraba solo como consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones. En esos casos siento que el mundo es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte de él; en esos instantes me invade una furia de aniquilación, me dejo acariciar por la tentación del suicidio, me emborracho, busco a las prostitutas. Y siento cierta satisfacción en probar mi propia bajeza y en verificar que no soy mejor que los sucios monstruos que me rodean.

Esa noche me emborraché en un cafetín del bajo. Estaba en lo peor de mi borrachera cuando sentí tanto asco de la mujer que estaba conmigo y de los marineros que me rodeaban que salí corriendo a la calle. Caminé por Viamonte y descendí hasta los muelles. Me senté por ahí y lloré. El agua sucia, abajo, me tentaba constantemente: ¿para qué sufrir? El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, de sus acorazados, de sus tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla.

La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la que sin embargo uno puede liberarse con la muerte, que sería, así, una especie de despertar. ¿Pero despertar a qué ? Esa irresolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio. A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar, también, que cuando hemos llegado hasta ese borde de la desesperación que precede al suicidio, por haber agotado el inventario de todo lo que es malo y haber llegado al punto en que el mal es insuperable, cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo.

ilustración de Garbi KW http://www.garbikw.com/